Nuestra relación con el agua: de la chinampa a la inundación.

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En días recientes para quienes vivimos en el Valle de México recordamos constantemente su origen lacustre. Justamente ayer con las lluvias el estacionamiento del edificio donde vivo se encharcó de sobremanera, cualquier construcción por debajo del nivel de la calle corre el riesgo de inundarse cuando llueve.

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Todavía la generación de mis padres vieron en su infancia canales como el de La Viga. Los relatos de abuelas y tías incluían a las trajineras por el canal con hortalizas frescas y chichicuilotes (aves zancudas que suelen alimentarse en los humedales). Pero eso se acabó, los canales se entubaron, el río de la Piedad, Churubusco y Consulado, entre otros, fueron entubados y transformados en vialidades. Ahora solo sirven para sacar las aguas de la ciudad y para que los vehículos se muevan de un lado a otro.

 Pasamos así de una sociedad prehispánica en la que se construían chinampas (islas artificiales) y los canales llevavan flores y hortalizas, a una sociedad novohispana en la que se construyeron obras de drenaje para evitar inundaciones.

Con la modernidad, la población de la Ciudad de México creció. Mucha gente del campo buscó oportunidades y una nueva vida en la urbe. Tan solo el Distrito Federal pasó de tener 1.7 millones de habitantes en 1940 a 8.9 millones de habitantes en 2010, sin contar los municipios conurbados (actualmente el 10% de la población mundial vive en megaciudades).

Nuestra relación con el agua en la posmodernidad es ambivalente, con una población en la zona conurbada de la Ciudad de México que alcanzó 29 millones de habitantes en 2011, la necesidad de agua para las actividades domésticas, industriales y de otros servicios creció enormemente, pero al mismo tiempo los encharcamientos e inundaciones causan contratiempos y caos vial que afecta a varios miles de esos millones. Por un lado, la sed de la ciudad se abastece en innumerables pozos que extraen el agua del subsuelo y con obras hidráulicas que traen los caudales del río Lerma y el Cutzamala, con efectos tremendos aquí y allá. Por el otro lado se construyen obras farónicas para sacar las aguas de la ciudad.

 En esa relación hemos descuidado algunos detalles. Se toma el agua de un lado para llevarla a otro, y las aguas negras salen sin mucho o nada de tratamiento. Estos desequilibrios están afectando gravemente muchos ecosistemas, entre ellos a los humedales.

México cuenta con 138 humedales de importancia para la conservación (registrados en el convenio Ramsar, que se firmó en la ciudad del mismo nombre en Irán, en 1971, para la conservación de humedales), mismos que ocupan un área de 8.9 millones de hectáreas. Tan solo en la Ciudad de México contamos con humedales muy relevantes como el de Xochimilco y Tlahuac, donde se mantiene la tradición chinampera y que fuera nombrado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Desafortunadamente, éste humedal, así como las pozas de Cautro Ciénegas y los manglares de Marismas Nacionales, entre muchos otros en nuestro país escapan de la capacidad de protección del Sistema Nacional de Areas Naturales Protegidas, como lo manifestó recientemente el Dr. Exequiel Ezcurra, Presidente del Consejo de éste sistema.

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Retomando el caso de Xochimilco, es muy grave la situación. Uno de sus íconos está a punto de extinguirse. Según estudios recientes del Instituto de Biología de la UNAM, la población del ajolote ha disminuído drásticamente en los últimos años, por lo que no auguran su permanencia en vida silvestre por más de cinco años a causa de la mala calidad del agua, la urbanización y la depredación por carpas y tilapia.

La forma en que nos relacionamos con el agua trae muchas consecuencias y los riesgos se van actualizando en catástrofes. Mientras las políticas públicas sigan sectorizadas y las instituciones no aborden la complejidad de la problemática, todo esfuerzo de conservación será paliativo. Debemos construir una nueva forma de relación desde dentro de la sociedad para producir un cambio de relación con el ambiente.

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